Me estoy quemando y, no lo sabes. Mis ojeras vacías e inertes me dicen que me aleje.
- ¡Huye! - me gritan - ¡Huye de esas ruinas, terminarán cayéndose encima tuya! ¿Qué vas a sacar? No eres arqueólogo. Sí, tenéis química, pero podéis terminar siendo historia - me atormentan.
Las hago caso omiso. Se me llenan las ojeras, como de costumbre. No, no mejoran, sino que, empeoran, volviéndose de un color azulado y aumentando su volumen. Se rellenan de burdos cristales salados y amargos, los cuales se quedan sobre la piel agrietando mi piel. Los cuales se quedan sobre la piel quemándome y desgastando mis salidas. Erosionándome. Matándome, lentamente como si del peor veneno se tratase.
Yo muriendo por tus labios y tú muriendo por los nuestros. Y cuando digo nuestros, ojalá me refiriese a nosotros dos. Ojalá, es lo que más anhelo. Pero, sería equívoca la afirmación. Estás liada entre dos labios, nunca mejor dicho.
- ¡Huye! - me empiezan a gritar ahora mis demonios. Mis ángeles me han dejado de lado por ir con malas compañías.
- ¡Idiotas, estoy encadenado voluntariamente! ¿No lo veis? Tengo las alas encadenadas - y entonces en un arrebato de contradicción pura en mi entrañas, grito - ¡Cortádmelas! - obviamente refieriéndome a las alas de cera. Prefiero quedarme sin alas a quedarme sin ella.
Lo que sí es cierto es, que dolía menos cuando tú tenías alas. Cuando tú volabas, levitabas y podías levantarme. Cuando podíamos levantarnos.
Y ahora, me llego a inquirir a mí mismo. A mi fuero interno, ese peor amigo que seguramente tenga complejo de asesino de sueños.
- En realidad, ¿dónde llevo las cadenas? ¿están atadas realmente a algo? ¿a ti? ¿a mí mismo y, simplemente, no puedo con mi propio peso? ¿a... los recuerdos?
Suplico que no sea la última. No, cualquier otro menos los recuerdos. Los recuerdos pesan lo que tú y yo juntos mil veces.
- ¡No te enamores, no! - me gritaban mis demonios. Y tú también me lo gritabas a veces.
- ¡Que os calléis ya, estúpidos! - el adjetivo solo iba a mis Luciferes personales - Echadle la culpa al cabrón de ahí arriba. ¡Soy inocente! ¿No lo veis?
Qué irónico. Donde antes decía que iría a la cárcel si enamorarse llegase a ser delito, ahora dije eso. O, quizá yo tenía un concepto diferente de cárcel. Y me refería a tu vida; quizá quería estar encarcelado en tu vida, como pájaro en su jaula.
Me torturo cada noche.
- ¿Por qué te fuiste? - y no recibo respuesta, ya que me lo pregunto a mí mismo.
Llevaban razón y no les hice caso por mucho que yo sabía que la llevaban. Ángeles, ¿por qué no os hice caso? ¿es que acaso no lo vi? ¿estaba demasiado ciego, verdad? Creo que creía que me bailabas el agua. Craso error. Nos quedamos bailándonos el alcohol. Para ahogar las penas, pero las hijas de puta, flotan. Son como la mierda.
Juré no hacerte heridas y al final, mira. Me las hice yo solo, como clavarse una astilla. Por "accidente". Me lo dijiste, no eras fácil, no eras sencilla. Quizá eso fue lo que me volvió loco por ti. Pero, a veces, mi razón confiesa.
- ¿Por qué no te hice caso? - dice, mientras yo enuncio que está loca.
Quizá yo estaba sordo y no te escuché. Pero, ¿cómo no iba a ensordecer con esa voz? Te creía sirena, encandiladora entre tus susurros. Y tanto, cómo me ensordecieron tus susurros. Cómo no me iban a provocar aquel efecto si, remendaban los gritos que resonaban en mis rotos.
Estábamos tan unidos... Nos descosimos. O nos descosieron, no lo sé. O más bien nos cortaron las cuerdas, creo. Aunque ya poca fe me queda. Quizá, eramos marionetas a las que nadie controlaba. Y, estuvimos levantados, estuvimos vivos sin que nadie moviese nuestros hilos. Dejando nuestros movimientos al libre albedrío.
Cada día imagino cuando éramos tan felices que teníamos agujetas en la mandíbula de sonreír. Recuerdo las prisas, las declaraciones, los besos. Aún recuerdo esos días de septiembre como si fuese ayer. Bueno, quizá haya pasado algo más solo, pero, como si fuese ayer. No admito que haya pasado ya todo eso. Nos quisimos hacer arder, nos hicimos arder, nos quemamos y... ¿nos derretimos?
Y aquí ando, anduve y andaré. Muriéndome por tus huesos, cuando lo único que deseo es tu piel. ¿Qué desastre, eh? Qué desastre que no pueda rozarte. Qué pena que no podamos rozarnos. Con lo que nos gustaría. Yo sé que a ti te gustaría. Qué pena, se nos están gastando los puntos y coma de tanto abusar de ellos.
Te idolatro, por mucho que pese. ¿Sabes? Tengo la sensación de que nos estamos hundiendo en arenas movedizas. Pero también tengo la sensación de que podemos salir de ese suplicio. Aunque, no espero que salgamos limpios. No espero que esto sea un edén al salir de allí. Si teníamos la mierda hasta el cuello, vamos a salir sucios hasta ahí. Pero, eso no impedirá que siga besándolo. Mordiéndote el alma.
Besarte con los ojos. Comerte con las manos. Muriendo con la mente. Pero el cora' siempre vivo.
martes, 13 de noviembre de 2012
sábado, 10 de noviembre de 2012
Tengo ganas.
Tengo ganas de ti, por la mañana.
Tengo ganas de ti, en mi ventana.
Tengo ganas de ti, todas las tardes.
Tengo ganas de ti, aunque sea en balde.
Tengo ganas de ti, en cada noche.
Tengo ganas de ti, aunque sea derroche.
Tengo ganas de ti, de madrugada.
Tengo ganas de ti, en esta abstinencia helada.
Tengo ganas de ti, de tu presencia.
Tengo ganas de ti, y de tu esencia.
Tengo ganas de ti, no de tu ausencia.
Tengo ganas de ti, de tus carencias.
Tengo ganas de ti, de tu sonrisa.
Tengo ganas de ti, entre la brisa.
Tengo ganas de ti, de tus labios.
Tengo ganas de ti, de tus demonios.
Tengo ganas de ti, de tus caricias.
Tengo ganas de ti, de esas que vician.
Tengo ganas de ti, de tu entrepierna.
Tengo ganas de ti, y de tu lengua.
Tengo ganas de ti, de ti en mi vida.
Tengo ganas de ti, de tu saliva.
Tengo ganas de ti, en mi ventana.
Tengo ganas de ti, todas las tardes.
Tengo ganas de ti, aunque sea en balde.
Tengo ganas de ti, en cada noche.
Tengo ganas de ti, aunque sea derroche.
Tengo ganas de ti, de madrugada.
Tengo ganas de ti, en esta abstinencia helada.
Tengo ganas de ti, de tu presencia.
Tengo ganas de ti, y de tu esencia.
Tengo ganas de ti, no de tu ausencia.
Tengo ganas de ti, de tus carencias.
Tengo ganas de ti, de tu sonrisa.
Tengo ganas de ti, entre la brisa.
Tengo ganas de ti, de tus labios.
Tengo ganas de ti, de tus demonios.
Tengo ganas de ti, de tus caricias.
Tengo ganas de ti, de esas que vician.
Tengo ganas de ti, de tu entrepierna.
Tengo ganas de ti, y de tu lengua.
Tengo ganas de ti, de ti en mi vida.
Tengo ganas de ti, de tu saliva.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Caer.
La incertidumbre se apodera de mí a cada hora. Cada sesenta minutos. Mi cabeza se recoge en un cúmulo de pensamientos que solo proclaman contra mí mismo sordos y claros "no eres suficiente". No, no lo soy. O al menos, eso terminas pensando después de meditarlo una y mil veces, durante mil y una noches, y sólo treinta días. O al menos, eso terminas creyendo después de haberte calado hasta el alma con sus lágrimas, porque ya no tienes ni huesos de tanto maltratarlos contra la pared o, en su defecto, contra la almohada cuando no quieres sentir más dolor. Arrancarse la piel del tirón, no a tiras. No esperando a que salga costra en cada parte para que no duela. De golpe y porrazo, para que escueza todo junto. Para pasar todo el sufrimiento de una vez. Aunque, este, difícilmente se percibirá cuando el corazón retumbe para empezar esta burda canción de amor, ¿no crees?
Cuando el músculo bombee algo de sangre sucia por la aorta, sucia de melancolía y recuerdos difuminados con amargas gotas de tu esencia. Entendamos esencia por, ¿cómo decirlo exactamente? Caos. Aún recuerdo esos días agarrado a una imagen angelical, llamémosla la tuya, porque, serla, lo es. Esos días aferrado a tu presencia, a nuestros besos, a nuestros abrazos. A nuestras sonrisas. A nuestras pasiones, a nuestros juegos entre las sábanas. Sobretodo eran eso, nuestras, eso era lo que las hacían especiales. Quizá igual de especiales que tú misma.
Creo que caigo. No sé si en el abismo, en mis propias grietas, en las tuyas, o en las nuestras. Creo. Lo que no es cierto, porque lo cierto es que no sé ni donde acierto o donde me equivoco. Dejémoslo en un interrogante. Entre caer en tus brazos, o en nuestras grietas.
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