domingo, 29 de septiembre de 2013

Esmoquin.

Apretando los dientes ante tu figura. Esa tan expresiva y a la vez tan muda. Esa tan malditamente arrolladora, que hace que todos mis sentidos queden desconectados por un largo lapso de tiempo. Un letargo, el mejor letargo del universo. Invernando en tus comisuras, pasando el verano en el sur de tu cuerpo, entre tus tobillos y muslos, entre tus pantorrillas y gemelos. 

Tengo la cabeza inquieta y estoy volviendo a enloquecer porque la droga que hace unos días se me ponía delante de los labios sin ninguna otra dificultad que la de moverme, ya no la encuentro en ningún lugar. Todo me parece tan cínico, el mundo me parece tan cínico. Quizá sea que el anestésico se ha pasado y la dopamina... La dopamina ni siquiera me hacía falta con los estupefacientes que conseguía.

¿Se puede saber qué me pasa?

Una inspiración, honda. Donde antes había dióxido de carbono mezclado con vapor de agua y con un leve olor a tabaco quizá de Marlboro, quizá de Ducado, quizá de cualquier marca de cigarrillos que se me pasara por la cabeza, ahora sólo hay aire fresco. ¿Quién os ha dicho que quiero vuestro estúpido aire fresco? No quiero seguir un estándar, los caprichosos no siguen estándares.

Los caprichosos terminan buscando lo que quieren, quizá ni lo necesiten, pero no es el caso. La sangre me golpetea en la cabeza como si pudiese hacer algo mejor que no escaparse de las cavas y terminar formando una carnicería en medio de todo este burdo cuerpo, lleno de cicatrices invisibles, porque ha tenido que aplicarse ya demasiadas veces un parche.

Los descosidos y los rotos no cuentan, sigo vistiendo esmoquin con harapos. 

viernes, 27 de septiembre de 2013

Aveugle.

Cierra los ojos.

¿Qué ves? Yo veo la nada. Oigo la nada. Saboreo la nada. No sé de qué hablas, tampoco sé qué escuchas. Si el silencio está vigente últimamente, intentando desafiar las leyes de la física, pero retumba en mis oídos tanto que parece que los tímpanos están a punto de desencajarse del conducto auditivo para saltar ensangrentando todo cuanto hay a su paso, como en una explosión de sensaciones, como en una implosión cuando tu cabeza está al límite y no puede aguantar más.

Me muerdo los labios, una, otra, y otra vez. El nerviosismo es palpable en cada célula de mi ser. El golpeteo del pie sobre las baldosas, desnudo, clavándose piezas de ese puzzle incompleto que nadie se atreve a reordenar... Porque es más sencillo sentir el dolor, que es efímero, a terminar formando la imagen de los trozos y que se lea claramente, con una letra cursiva, casi elegante y a la vez intrínsecamente alegre un:

"ESTÁS MUERTO"

Es más fácil ignorarlo e ir desvaneciéndose entre los quejidos de la madera crujiente bajo los pies, colmado de miedo desde los pies hasta el último pelo de la cabeza, es más fácil asustarse y esconderse con el empeine del pie emanando el porqué estás vivo y el porqué puedes morir. Todo lo que te da la vida te recuerda que también te la quita, todo lo que te da la vida te recuerda que no estás vivo por casualidad.

Y que precisamente, tú eres el que menos dueño eres de tu vida.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Reflexión.

Están lloviendo pétalos de cristal que me bombardean la cabeza como si hubiese cometido un crimen perfecto y me tuviesen envidia, como si hubiera conseguido la panacea a todos los males y no quisiera dar un ápice de ella.

Con las miradas hechas girones y siendo irrelevantes, pero relevando todo aquello que pasa por mi cabeza. El horizonte reflejado en mis pupilas, que no en mis córneas, porque siempre es lo más oscuro lo que refleja la imperfección de los demás y lo más transparente, lo que deja ver que somos frágiles, como esos vidrios que caen del cielo. Tan frágiles uno a uno y tan devastadores en conjunto...

Qué pena que el «yo» siempre esté solo.

Coordino los dedos con ataxia o al menos éso parece mientras escribo las líneas desgastadas, queriendo plasmar cada pensamiento que pasa por mi cabeza a la máxima perfección y cayendo en una mediocridad autóctona en mis textos, el afán de auto-superación está al orden del día, pero lo que no está es conseguir el fin a ese empeño.

Llamándome desde el altavoz y oyéndome por el micrófono del teléfono, testarudo, haciendo las cosas al revés con un extravagante aire de locura. Porque deberíamos empezar a escuchar más lo que dicen nuestras propias palabras y luego permitirnos el lujo de gritar a las voces que no sabemos de dónde vienen.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Wet kisses.

El dulce sabor de sus labios. Un latigazo en la lengua de la suya, posesiva y caprichosa. Nada de vehemencia en su roce, demasiada pasión en mis manos amoldándose a sus caderas o a su cintura, según sea el temblor que mi sangre experimente en esos instantes. Como si estuviese a doscientos kilómetros por hora y pareciese que ella es la pared que te para, pero tú sigues acelerando contra tu boca, queriendo llegar más al fondo del asunto, queriendo devorarla hasta que esté tan cerca de ti que el contacto sea una mera imaginación. Es decir, hasta que se fundan las pieles y solamente seamos uno.

Abrir la boca para tomar aire, el destello de sus dientes blancos y de ese colmillo de vampira que se clava en la carne. Una mirada juguetona en mis ojos, el reflejo de ésta en los suyos. Sus falanges recorriendo mi pelo desde la nuca hasta la coronilla, siendo incapaces de moverse, siendo incapaces de pararse. Actuando como una parte independiente de su mente, por instinto animal.

Un tirón basto libera el labio de esas perlas afiladas y entonces se vuelven a juntar nuestras dos hinchazones. La sangre ya no corre por el rosáceo y se ha amoratado. ¿Pero qué más da? Beberías de ese elixir toda la vida como si se tratara de un bálsamo a corto plazo para las heridas; porque herida que se cura, herida que ya no necesita bálsamo. Comerías de esa carne porque creerías que estás saciándote, pero en realidad sólo te estarías volviendo más insaciable, hasta llegar un momento en el que ni el mismísimo aire te haría falta para seguir viviendo.

Las yemas siguiendo el recorrido que las suyas habían hecho sobre mí, pero ahora yo sobre ella. Como si quisiese aprendérmela en braille mientras la beso, como si no fuese suficiente comérmela con los ojos o con la boca.

Y es que, no lo es.

martes, 24 de septiembre de 2013

Unknown

Me dispongo a volver a escribir sobre las teclas de un ordenador con las letras emborronadas por pasar tantas veces los dedos sobre ellas. Cuántos recuerdos se me vienen a la mente en cuanto vuelvo a sentarme, a acariciar el cálido tacto del teclado por el que concurre la electricidad fluida libremente...

Cualquiera podría decir que es un ambiente cínico. Que las máquinas son tachadas de cínicas, y realmente, puede que lo sean. Desde mi perspectiva yo las veo cínicas... Pero la incredulidad del hombre le lleva a ponerle cualidades humanas a cosas que no lo son. Como si fuésemos niños pequeños que no saben designar las cosas y que tienen que identificarlas.

¿Qué sensación nos transmite lo nuevo?

Podremos encontrar un crisol de emociones: miedo, curiosidad, satisfacción, pavor, indiferencia... Pero todos, todos, intentaremos catalogarlo en algún grupo. Tenemos miedo a lo desconocido, a aquello que no sabemos cómo funciona.

Y es por eso que a veces tenemos miedo de nosotros mismos.

En nuestra cabeza confluyen varias ideas. En teoría, nosotros somos los que mejor nos conocemos, pero ¿implica éso que nos tengamos que conocer del todo? Los puentes se derrumban y sus arquitectos piensan que eran prácticamente perfectos... Pero, la práctica no es lo mismo que la teoría.

Intentamos conocernos durante toda nuestra vida, para darnos cuenta de que la hemos desperdiciado intentándolo cuando morimos.

lunes, 23 de septiembre de 2013

TNT.

Parece que la cabeza es dinamita constante. Explosionando. Implosionando.

El nudo en la garganta nunca se irá, hace falta para ser elegante. Es como el nudo de la corbata, nudos Windsor, nudos sencillos, nudos para bodas o para funerales. Pero simplemente, su estatus no hace que dejen de ser nudos. No dejan de ser nudos que si los aprietan un poco más, ahogan.

Estoy mirando al vaho del cristal y todo me parece tan denso. Quizá sea mejor dejar que las apariencias me engañen y que no vuelva a reconocer al galán de etiqueta roja como la sangre que está tras la fina capa de agua. Por si acaso vuelvo a odiarlo, como siempre.

Tintinea en mi cabeza, como las campanas a las doce en una Iglesia, en ese torreón donde lo mismo podría estar declarándole amor eterno un joven a su amada, que lo mismo podría estar uno colgándose de una soga deshilachada.

¿Por qué será que la muerte tiene tanto atractivo, será porque es única?

Vivir, vivimos la mayor parte de nuestras vidas, pero muerte sólo hay una. Es irónico, vida sólo hay una. Pero también hay un sólo océano si lo piensas, compuesto de cientos de mares y de otros océanos más pequeños... Si lo piensas, pero cuando la cabeza es TNT filosofar te puede llevar a la morgue.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Calme.

Me gustaba poder escribirnos con el incienso desnudándonos la piel cuando ya estábamos desprovistos de ropa alguna. Con la saliva como si fuese la tinta y los dedos como si fuesen la pluma. Ése roce tortuoso en el que todos los sentidos se exaltan, haciendo que por cada poro de nuestros cuerpos se transcriba placer puro y suave, como la seda.

Sentir los vellos como escarpias tras una manta descolorida en cualquier día de noviembre, haciendo alusión a los iris cuando nos miramos con las córneas húmedas.

¿Se puede llorar de satisfacción...?

El corazón golpeteando el esternón, con una fuerza decrépita pero fustigándolo como siempre - como nunca - antes lo había hecho... Una inspiración adyacente a la epidermis, llegando a la nuca y colmándola de aire cálido exhalado por una boca caprichosa que quiere devorar todo cuanto puede de la extensión más sensual de tu cuerpo.

Y entonces, me pregunto:

¿Hay alguna parte de éste que no brille apabullando al mismísimo fulgor de la Luna?


Acid.

Dejé otra vez los escritos en la escalera, indeciso si de subir o si de bajar, sin saber muy bien qué rumbo quiero tomar pero sabiendo que tenía que moverme. Las veces que, taciturno y meditabundo en las noches de miseria me miro al espejo, sólo veo un vil reflejo traslúcido que no se corresponde con mi persona. O quizá sí que se corresponda, pero yo no me atrevo a mirar la realidad directamente a los ojos.

Porque da miedo.

Estudio folios y folios, ¿me hace más feliz saber más? Quizá me gustaría saber menos y vivir en la completa ignorancia, como los niños pequeños. Ver, oír y callar. Sin ética ni moral alguna, sin preocupación, sólo en una rutina incesante y con la memoria de un pez que al dar tres vueltas a su celda se asusta, porque no sabe dónde está.

Aunque por el contrario, ¿acaso no vivo ya en una rutina? Del Edén al averno, del averno al Edén, todas las noches por temprano que sea, por corto que sea el lapso de tiempo en el que la transición pase.

Soy un ácido sin base.

Breathing.

La música tenue y yo exhalando otra vez vaho en el bochorno. Quién me iba a decir a mí que iba a dejar de escribir con pianos que me hiciesen suscitar entre tus pestañeos algo más que una sonrisa... La sequedad de mi garganta es inquietante al igual que la humedad de mis córneas. La paradoja es que las dos me dan igual.

Los gritos se suceden una y otra vez en una tanda de agonía que quiere escapar del pecho pero no puede. Quizá no todo lo que se cría en el pecho tiene que ser bueno. Quizá no todo lo que cría la mente tiene que ser malo, pero estoy averiguando que... que quizá, y sólo quizá, sea la excepción que confirme la regla.

Y otra vez mirando a la pared y al gotelé, que me dice que una vez tu espalda estuvo acribillada por ínfimas marquitas de color rojizo, que me dice que luego quedaron amoratadas por la presión que ejercía sobre ti, famélico, exhausto y para nada taciturno...

Que me dicen que no es demasiado tarde como para volver a perdernos entre respiraciones descompasadas.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Froid. Trop froid.

La nuit est froid. Definitivamente, la nuit es froid. Y yo no tengo nada que perder por perderme entre tus balanceos, entre tus cálidos y a la vez tan frívolos ojos, llenos de escarcha, magma, desidia, cariño, (¿)amor(?) u (¿)odio(?). En mi paupérrima idea de que quizá, por esta noche, por este día, en nuestro banco, podamos esperar comiéndonos con los dedos, besándonos con las yemas y hablándonos con los roces. Quién me iba a decir a mí que me enamoraría así otra vez. Another time, baby, you know... It isn't easy to fall in love when you haven't got a heart which beats successfully every time. What can I do? (y así sigue todo... Always, always it is like this).

Resoplo, una y otra vez.

Y no es de tu aire.