domingo, 10 de noviembre de 2013

Dear Anxiety.

Querida ansiedad. He vuelto a escribir sobre un piano mientras se me congelaban las ideas, mientras intentaba vaciarme cuando no tengo nada dentro. He vuelto a sentir el frío de las lágrimas en las córneas y resbalando por la cara cuando creía que estaba exento de sufrir de esa forma.

Y mi pregunta retumba en mi cabeza como si se tratase de una bola golpeando contra las paredes de una caja de metal, haciendo el mismo ruido, insignificante para algunos pero que empieza a hacerse estruendo y no te deja pensar, no te deja respirar y ni mucho menos te deja vivir.

¿Por qué?

El nudo en la garganta sigue quemando, sigue apretando, sigue rompiendo. Necesito. Necesito. ¿Qué necesito? Ha llegado el momento en el que la vida sería más fácil con una camisa de fuerza que me condicionara y unos tapones que me aislasen del mundo.

Se me atraviesa el pecho cada vez que la miro con ojeras y veo que no puedo hacer nada, que la extensión de mi vida más afín a mí se está consumiendo como las brasas por la noche cuando sopla el viento gélido y nieva la nieve blanca.

Se me atraviesa el pecho cuando veo sus ojos rotos a través del cristal.
Y cuando veo que está intentando salvarme a mí en lugar de a sí misma.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Piel.

Doblar la esquina y encontrarme con su figura. Hablándome desde lejos, como gritándome un réquiem. Ambos sabemos que no puedo coexistir con la idea de que no puedo tocarla y que la única forma de la cual podría hacerlo durante unos meros instantes, sería desapareciendo para siempre entre la neblina y las sábanas para no volver a estar condicionado por la caprichosidad de este mundo.

Las falanges también me susurran de una forma contrapuesta. Están diciendo con voz de cordero degollado que si no rozan tu piel en las próximas siete vidas tenderán a  desintegrarse bajo el frío del invierno y la soledad. Todo milímetro de mi ser las acompaña creando coros dignos del gospel, pidiendo sin alevosía a sus propias ideas lo que quieren...

¿Pero acaso no pido yo lo mismo?

martes, 1 de octubre de 2013

Pandora's box.

Bajo la tenue luz de un flexo vuelvo a inmiscuirme en mis más preciados secretos, en lo más recóndito de mi mente. Esos pensamientos que aparecen súbitamente como un destello fugaz. Como un fantasma, como un ánima caída de la que nadie se acuerda pero que está ahí. Y con su estancia, siguen haciendo el mismo daño que en su arcaica existencia.

Pero, eso da igual ahora mismo.

Todo se resume en recaer. En mis "vuelvo" constantes, mascullados, como intentando idealizarlo para que quede más creíble e incluso pueda parecer heroico. Pero, francamente, no hay nada de heroico en volver a ser un cobarde y tampoco hay nada de heroico en volver a lamentarse.

Tantas connotaciones en una misma palabra... Volver. No es como una moneda, que tiene dos caras y que por las fuerzas de la naturaleza nunca va a caer de canto - aunque haya algunos pobres ineptos que intenten llevar a cabo la metáfora -.

En éste caso, el "volver" se resume en una sola expresión.

He vuelto a abrir mi propia caja de Pandora.

Crack.

Sintiendo como me taladra el esternón con una broca fina, crispando mis nervios y mis lacrimales hasta el punto de no retorno, en ése momento en el que se rompen en mil pedazos distintos y se dispersan, clavándose tanto en el tacto como en la mirada, distorsionando nuestra realidad. Realmente, la realidad ya está distorsionada.

Me crujen las articulaciones del mismo modo que la madera cruje sobre los pies en tablones bien distribuidos, siguiendo un patrón fijo y periódico al que podríamos catalogar de aburrido. Diferentes pisadas, los mismos quejidos, quedándose anticuados entre los volúmenes que se suceden una y otra vez, llegando a ser cansinos.

Tan excéntrico como bostezar mientras estás soñando algo, mientras estás sumido en ese mundo de heterodoxia pura y dura, donde lo mismo se pasa por nuestras retinas la imagen del mayor placer del mundo que de buenas a primeras se convierte en una terrorífica visión de aquello que nos martiriza emulando a una flagelación propia de la Roma clásica.

La saturación es nula, todo está en blanco y negro; muestra una notable fragilidad intempestiva, que no se corresponde más que con un copo de nieve. Tan ordenado y, teóricamente tan fuerte por ello.

Realmente, por muy ordenado que esté, todo termina haciendo "crack".

domingo, 29 de septiembre de 2013

Esmoquin.

Apretando los dientes ante tu figura. Esa tan expresiva y a la vez tan muda. Esa tan malditamente arrolladora, que hace que todos mis sentidos queden desconectados por un largo lapso de tiempo. Un letargo, el mejor letargo del universo. Invernando en tus comisuras, pasando el verano en el sur de tu cuerpo, entre tus tobillos y muslos, entre tus pantorrillas y gemelos. 

Tengo la cabeza inquieta y estoy volviendo a enloquecer porque la droga que hace unos días se me ponía delante de los labios sin ninguna otra dificultad que la de moverme, ya no la encuentro en ningún lugar. Todo me parece tan cínico, el mundo me parece tan cínico. Quizá sea que el anestésico se ha pasado y la dopamina... La dopamina ni siquiera me hacía falta con los estupefacientes que conseguía.

¿Se puede saber qué me pasa?

Una inspiración, honda. Donde antes había dióxido de carbono mezclado con vapor de agua y con un leve olor a tabaco quizá de Marlboro, quizá de Ducado, quizá de cualquier marca de cigarrillos que se me pasara por la cabeza, ahora sólo hay aire fresco. ¿Quién os ha dicho que quiero vuestro estúpido aire fresco? No quiero seguir un estándar, los caprichosos no siguen estándares.

Los caprichosos terminan buscando lo que quieren, quizá ni lo necesiten, pero no es el caso. La sangre me golpetea en la cabeza como si pudiese hacer algo mejor que no escaparse de las cavas y terminar formando una carnicería en medio de todo este burdo cuerpo, lleno de cicatrices invisibles, porque ha tenido que aplicarse ya demasiadas veces un parche.

Los descosidos y los rotos no cuentan, sigo vistiendo esmoquin con harapos. 

viernes, 27 de septiembre de 2013

Aveugle.

Cierra los ojos.

¿Qué ves? Yo veo la nada. Oigo la nada. Saboreo la nada. No sé de qué hablas, tampoco sé qué escuchas. Si el silencio está vigente últimamente, intentando desafiar las leyes de la física, pero retumba en mis oídos tanto que parece que los tímpanos están a punto de desencajarse del conducto auditivo para saltar ensangrentando todo cuanto hay a su paso, como en una explosión de sensaciones, como en una implosión cuando tu cabeza está al límite y no puede aguantar más.

Me muerdo los labios, una, otra, y otra vez. El nerviosismo es palpable en cada célula de mi ser. El golpeteo del pie sobre las baldosas, desnudo, clavándose piezas de ese puzzle incompleto que nadie se atreve a reordenar... Porque es más sencillo sentir el dolor, que es efímero, a terminar formando la imagen de los trozos y que se lea claramente, con una letra cursiva, casi elegante y a la vez intrínsecamente alegre un:

"ESTÁS MUERTO"

Es más fácil ignorarlo e ir desvaneciéndose entre los quejidos de la madera crujiente bajo los pies, colmado de miedo desde los pies hasta el último pelo de la cabeza, es más fácil asustarse y esconderse con el empeine del pie emanando el porqué estás vivo y el porqué puedes morir. Todo lo que te da la vida te recuerda que también te la quita, todo lo que te da la vida te recuerda que no estás vivo por casualidad.

Y que precisamente, tú eres el que menos dueño eres de tu vida.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Reflexión.

Están lloviendo pétalos de cristal que me bombardean la cabeza como si hubiese cometido un crimen perfecto y me tuviesen envidia, como si hubiera conseguido la panacea a todos los males y no quisiera dar un ápice de ella.

Con las miradas hechas girones y siendo irrelevantes, pero relevando todo aquello que pasa por mi cabeza. El horizonte reflejado en mis pupilas, que no en mis córneas, porque siempre es lo más oscuro lo que refleja la imperfección de los demás y lo más transparente, lo que deja ver que somos frágiles, como esos vidrios que caen del cielo. Tan frágiles uno a uno y tan devastadores en conjunto...

Qué pena que el «yo» siempre esté solo.

Coordino los dedos con ataxia o al menos éso parece mientras escribo las líneas desgastadas, queriendo plasmar cada pensamiento que pasa por mi cabeza a la máxima perfección y cayendo en una mediocridad autóctona en mis textos, el afán de auto-superación está al orden del día, pero lo que no está es conseguir el fin a ese empeño.

Llamándome desde el altavoz y oyéndome por el micrófono del teléfono, testarudo, haciendo las cosas al revés con un extravagante aire de locura. Porque deberíamos empezar a escuchar más lo que dicen nuestras propias palabras y luego permitirnos el lujo de gritar a las voces que no sabemos de dónde vienen.