miércoles, 23 de octubre de 2013

Piel.

Doblar la esquina y encontrarme con su figura. Hablándome desde lejos, como gritándome un réquiem. Ambos sabemos que no puedo coexistir con la idea de que no puedo tocarla y que la única forma de la cual podría hacerlo durante unos meros instantes, sería desapareciendo para siempre entre la neblina y las sábanas para no volver a estar condicionado por la caprichosidad de este mundo.

Las falanges también me susurran de una forma contrapuesta. Están diciendo con voz de cordero degollado que si no rozan tu piel en las próximas siete vidas tenderán a  desintegrarse bajo el frío del invierno y la soledad. Todo milímetro de mi ser las acompaña creando coros dignos del gospel, pidiendo sin alevosía a sus propias ideas lo que quieren...

¿Pero acaso no pido yo lo mismo?

martes, 1 de octubre de 2013

Pandora's box.

Bajo la tenue luz de un flexo vuelvo a inmiscuirme en mis más preciados secretos, en lo más recóndito de mi mente. Esos pensamientos que aparecen súbitamente como un destello fugaz. Como un fantasma, como un ánima caída de la que nadie se acuerda pero que está ahí. Y con su estancia, siguen haciendo el mismo daño que en su arcaica existencia.

Pero, eso da igual ahora mismo.

Todo se resume en recaer. En mis "vuelvo" constantes, mascullados, como intentando idealizarlo para que quede más creíble e incluso pueda parecer heroico. Pero, francamente, no hay nada de heroico en volver a ser un cobarde y tampoco hay nada de heroico en volver a lamentarse.

Tantas connotaciones en una misma palabra... Volver. No es como una moneda, que tiene dos caras y que por las fuerzas de la naturaleza nunca va a caer de canto - aunque haya algunos pobres ineptos que intenten llevar a cabo la metáfora -.

En éste caso, el "volver" se resume en una sola expresión.

He vuelto a abrir mi propia caja de Pandora.

Crack.

Sintiendo como me taladra el esternón con una broca fina, crispando mis nervios y mis lacrimales hasta el punto de no retorno, en ése momento en el que se rompen en mil pedazos distintos y se dispersan, clavándose tanto en el tacto como en la mirada, distorsionando nuestra realidad. Realmente, la realidad ya está distorsionada.

Me crujen las articulaciones del mismo modo que la madera cruje sobre los pies en tablones bien distribuidos, siguiendo un patrón fijo y periódico al que podríamos catalogar de aburrido. Diferentes pisadas, los mismos quejidos, quedándose anticuados entre los volúmenes que se suceden una y otra vez, llegando a ser cansinos.

Tan excéntrico como bostezar mientras estás soñando algo, mientras estás sumido en ese mundo de heterodoxia pura y dura, donde lo mismo se pasa por nuestras retinas la imagen del mayor placer del mundo que de buenas a primeras se convierte en una terrorífica visión de aquello que nos martiriza emulando a una flagelación propia de la Roma clásica.

La saturación es nula, todo está en blanco y negro; muestra una notable fragilidad intempestiva, que no se corresponde más que con un copo de nieve. Tan ordenado y, teóricamente tan fuerte por ello.

Realmente, por muy ordenado que esté, todo termina haciendo "crack".