La incertidumbre se apodera de mí a cada hora. Cada sesenta minutos. Mi cabeza se recoge en un cúmulo de pensamientos que solo proclaman contra mí mismo sordos y claros "no eres suficiente". No, no lo soy. O al menos, eso terminas pensando después de meditarlo una y mil veces, durante mil y una noches, y sólo treinta días. O al menos, eso terminas creyendo después de haberte calado hasta el alma con sus lágrimas, porque ya no tienes ni huesos de tanto maltratarlos contra la pared o, en su defecto, contra la almohada cuando no quieres sentir más dolor. Arrancarse la piel del tirón, no a tiras. No esperando a que salga costra en cada parte para que no duela. De golpe y porrazo, para que escueza todo junto. Para pasar todo el sufrimiento de una vez. Aunque, este, difícilmente se percibirá cuando el corazón retumbe para empezar esta burda canción de amor, ¿no crees?
Cuando el músculo bombee algo de sangre sucia por la aorta, sucia de melancolía y recuerdos difuminados con amargas gotas de tu esencia. Entendamos esencia por, ¿cómo decirlo exactamente? Caos. Aún recuerdo esos días agarrado a una imagen angelical, llamémosla la tuya, porque, serla, lo es. Esos días aferrado a tu presencia, a nuestros besos, a nuestros abrazos. A nuestras sonrisas. A nuestras pasiones, a nuestros juegos entre las sábanas. Sobretodo eran eso, nuestras, eso era lo que las hacían especiales. Quizá igual de especiales que tú misma.
Creo que caigo. No sé si en el abismo, en mis propias grietas, en las tuyas, o en las nuestras. Creo. Lo que no es cierto, porque lo cierto es que no sé ni donde acierto o donde me equivoco. Dejémoslo en un interrogante. Entre caer en tus brazos, o en nuestras grietas.
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