Doblar la esquina y encontrarme con su figura. Hablándome desde lejos, como gritándome un réquiem. Ambos sabemos que no puedo coexistir con la idea de que no puedo tocarla y que la única forma de la cual podría hacerlo durante unos meros instantes, sería desapareciendo para siempre entre la neblina y las sábanas para no volver a estar condicionado por la caprichosidad de este mundo.
Las falanges también me susurran de una forma contrapuesta. Están diciendo con voz de cordero degollado que si no rozan tu piel en las próximas siete vidas tenderán a desintegrarse bajo el frío del invierno y la soledad. Todo milímetro de mi ser las acompaña creando coros dignos del gospel, pidiendo sin alevosía a sus propias ideas lo que quieren...
¿Pero acaso no pido yo lo mismo?
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