Querida ansiedad. He vuelto a escribir sobre un piano mientras se me congelaban las ideas, mientras intentaba vaciarme cuando no tengo nada dentro. He vuelto a sentir el frío de las lágrimas en las córneas y resbalando por la cara cuando creía que estaba exento de sufrir de esa forma.
Y mi pregunta retumba en mi cabeza como si se tratase de una bola golpeando contra las paredes de una caja de metal, haciendo el mismo ruido, insignificante para algunos pero que empieza a hacerse estruendo y no te deja pensar, no te deja respirar y ni mucho menos te deja vivir.
¿Por qué?
El nudo en la garganta sigue quemando, sigue apretando, sigue rompiendo. Necesito. Necesito. ¿Qué necesito? Ha llegado el momento en el que la vida sería más fácil con una camisa de fuerza que me condicionara y unos tapones que me aislasen del mundo.
Se me atraviesa el pecho cada vez que la miro con ojeras y veo que no puedo hacer nada, que la extensión de mi vida más afín a mí se está consumiendo como las brasas por la noche cuando sopla el viento gélido y nieva la nieve blanca.
Se me atraviesa el pecho cuando veo sus ojos rotos a través del cristal.
Y cuando veo que está intentando salvarme a mí en lugar de a sí misma.
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