Tengo la cabeza inquieta y estoy volviendo a enloquecer porque la droga que hace unos días se me ponía delante de los labios sin ninguna otra dificultad que la de moverme, ya no la encuentro en ningún lugar. Todo me parece tan cínico, el mundo me parece tan cínico. Quizá sea que el anestésico se ha pasado y la dopamina... La dopamina ni siquiera me hacía falta con los estupefacientes que conseguía.
¿Se puede saber qué me pasa?
Una inspiración, honda. Donde antes había dióxido de carbono mezclado con vapor de agua y con un leve olor a tabaco quizá de Marlboro, quizá de Ducado, quizá de cualquier marca de cigarrillos que se me pasara por la cabeza, ahora sólo hay aire fresco. ¿Quién os ha dicho que quiero vuestro estúpido aire fresco? No quiero seguir un estándar, los caprichosos no siguen estándares.
Los caprichosos terminan buscando lo que quieren, quizá ni lo necesiten, pero no es el caso. La sangre me golpetea en la cabeza como si pudiese hacer algo mejor que no escaparse de las cavas y terminar formando una carnicería en medio de todo este burdo cuerpo, lleno de cicatrices invisibles, porque ha tenido que aplicarse ya demasiadas veces un parche.
Los descosidos y los rotos no cuentan, sigo vistiendo esmoquin con harapos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario