Están lloviendo pétalos de cristal que me bombardean la cabeza como si hubiese cometido un crimen perfecto y me tuviesen envidia, como si hubiera conseguido la panacea a todos los males y no quisiera dar un ápice de ella.
Con las miradas hechas girones y siendo irrelevantes, pero relevando todo aquello que pasa por mi cabeza. El horizonte reflejado en mis pupilas, que no en mis córneas, porque siempre es lo más oscuro lo que refleja la imperfección de los demás y lo más transparente, lo que deja ver que somos frágiles, como esos vidrios que caen del cielo. Tan frágiles uno a uno y tan devastadores en conjunto...
Qué pena que el «yo» siempre esté solo.
Coordino los dedos con ataxia o al menos éso parece mientras escribo las líneas desgastadas, queriendo plasmar cada pensamiento que pasa por mi cabeza a la máxima perfección y cayendo en una mediocridad autóctona en mis textos, el afán de auto-superación está al orden del día, pero lo que no está es conseguir el fin a ese empeño.
Llamándome desde el altavoz y oyéndome por el micrófono del teléfono, testarudo, haciendo las cosas al revés con un extravagante aire de locura. Porque deberíamos empezar a escuchar más lo que dicen nuestras propias palabras y luego permitirnos el lujo de gritar a las voces que no sabemos de dónde vienen.
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