Cierra los ojos.
¿Qué ves? Yo veo la nada. Oigo la nada. Saboreo la nada. No sé de qué hablas, tampoco sé qué escuchas. Si el silencio está vigente últimamente, intentando desafiar las leyes de la física, pero retumba en mis oídos tanto que parece que los tímpanos están a punto de desencajarse del conducto auditivo para saltar ensangrentando todo cuanto hay a su paso, como en una explosión de sensaciones, como en una implosión cuando tu cabeza está al límite y no puede aguantar más.
Me muerdo los labios, una, otra, y otra vez. El nerviosismo es palpable en cada célula de mi ser. El golpeteo del pie sobre las baldosas, desnudo, clavándose piezas de ese puzzle incompleto que nadie se atreve a reordenar... Porque es más sencillo sentir el dolor, que es efímero, a terminar formando la imagen de los trozos y que se lea claramente, con una letra cursiva, casi elegante y a la vez intrínsecamente alegre un:
"ESTÁS MUERTO"
Es más fácil ignorarlo e ir desvaneciéndose entre los quejidos de la madera crujiente bajo los pies, colmado de miedo desde los pies hasta el último pelo de la cabeza, es más fácil asustarse y esconderse con el empeine del pie emanando el porqué estás vivo y el porqué puedes morir. Todo lo que te da la vida te recuerda que también te la quita, todo lo que te da la vida te recuerda que no estás vivo por casualidad.
Y que precisamente, tú eres el que menos dueño eres de tu vida.
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