miércoles, 25 de septiembre de 2013

Wet kisses.

El dulce sabor de sus labios. Un latigazo en la lengua de la suya, posesiva y caprichosa. Nada de vehemencia en su roce, demasiada pasión en mis manos amoldándose a sus caderas o a su cintura, según sea el temblor que mi sangre experimente en esos instantes. Como si estuviese a doscientos kilómetros por hora y pareciese que ella es la pared que te para, pero tú sigues acelerando contra tu boca, queriendo llegar más al fondo del asunto, queriendo devorarla hasta que esté tan cerca de ti que el contacto sea una mera imaginación. Es decir, hasta que se fundan las pieles y solamente seamos uno.

Abrir la boca para tomar aire, el destello de sus dientes blancos y de ese colmillo de vampira que se clava en la carne. Una mirada juguetona en mis ojos, el reflejo de ésta en los suyos. Sus falanges recorriendo mi pelo desde la nuca hasta la coronilla, siendo incapaces de moverse, siendo incapaces de pararse. Actuando como una parte independiente de su mente, por instinto animal.

Un tirón basto libera el labio de esas perlas afiladas y entonces se vuelven a juntar nuestras dos hinchazones. La sangre ya no corre por el rosáceo y se ha amoratado. ¿Pero qué más da? Beberías de ese elixir toda la vida como si se tratara de un bálsamo a corto plazo para las heridas; porque herida que se cura, herida que ya no necesita bálsamo. Comerías de esa carne porque creerías que estás saciándote, pero en realidad sólo te estarías volviendo más insaciable, hasta llegar un momento en el que ni el mismísimo aire te haría falta para seguir viviendo.

Las yemas siguiendo el recorrido que las suyas habían hecho sobre mí, pero ahora yo sobre ella. Como si quisiese aprendérmela en braille mientras la beso, como si no fuese suficiente comérmela con los ojos o con la boca.

Y es que, no lo es.

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