domingo, 22 de septiembre de 2013

Acid.

Dejé otra vez los escritos en la escalera, indeciso si de subir o si de bajar, sin saber muy bien qué rumbo quiero tomar pero sabiendo que tenía que moverme. Las veces que, taciturno y meditabundo en las noches de miseria me miro al espejo, sólo veo un vil reflejo traslúcido que no se corresponde con mi persona. O quizá sí que se corresponda, pero yo no me atrevo a mirar la realidad directamente a los ojos.

Porque da miedo.

Estudio folios y folios, ¿me hace más feliz saber más? Quizá me gustaría saber menos y vivir en la completa ignorancia, como los niños pequeños. Ver, oír y callar. Sin ética ni moral alguna, sin preocupación, sólo en una rutina incesante y con la memoria de un pez que al dar tres vueltas a su celda se asusta, porque no sabe dónde está.

Aunque por el contrario, ¿acaso no vivo ya en una rutina? Del Edén al averno, del averno al Edén, todas las noches por temprano que sea, por corto que sea el lapso de tiempo en el que la transición pase.

Soy un ácido sin base.

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