La música tenue y yo exhalando otra vez vaho en el bochorno. Quién me iba a decir a mí que iba a dejar de escribir con pianos que me hiciesen suscitar entre tus pestañeos algo más que una sonrisa... La sequedad de mi garganta es inquietante al igual que la humedad de mis córneas. La paradoja es que las dos me dan igual.
Los gritos se suceden una y otra vez en una tanda de agonía que quiere escapar del pecho pero no puede. Quizá no todo lo que se cría en el pecho tiene que ser bueno. Quizá no todo lo que cría la mente tiene que ser malo, pero estoy averiguando que... que quizá, y sólo quizá, sea la excepción que confirme la regla.
Y otra vez mirando a la pared y al gotelé, que me dice que una vez tu espalda estuvo acribillada por ínfimas marquitas de color rojizo, que me dice que luego quedaron amoratadas por la presión que ejercía sobre ti, famélico, exhausto y para nada taciturno...
Que me dicen que no es demasiado tarde como para volver a perdernos entre respiraciones descompasadas.
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