Me gustaba poder escribirnos con el incienso desnudándonos la piel cuando ya estábamos desprovistos de ropa alguna. Con la saliva como si fuese la tinta y los dedos como si fuesen la pluma. Ése roce tortuoso en el que todos los sentidos se exaltan, haciendo que por cada poro de nuestros cuerpos se transcriba placer puro y suave, como la seda.
Sentir los vellos como escarpias tras una manta descolorida en cualquier día de noviembre, haciendo alusión a los iris cuando nos miramos con las córneas húmedas.
¿Se puede llorar de satisfacción...?
El corazón golpeteando el esternón, con una fuerza decrépita pero fustigándolo como siempre - como nunca - antes lo había hecho... Una inspiración adyacente a la epidermis, llegando a la nuca y colmándola de aire cálido exhalado por una boca caprichosa que quiere devorar todo cuanto puede de la extensión más sensual de tu cuerpo.
Y entonces, me pregunto:
¿Hay alguna parte de éste que no brille apabullando al mismísimo fulgor de la Luna?
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