viernes, 24 de mayo de 2013

Metástasis.

Tengo los metacarpos clavados en la pared, igual que mis ojos vacíos, como chinchetas. El gotelé me recuerda que la espada no siempre es lo que más molesta, y que a veces es la opción más favorable. Contractura en el cuello, no miro atrás porque no sé lo que me espera. Y tampoco es que haya que ser muy listo, pero el pánico no me deja escuchar el fino chirrido de la daga, que acaricia suavemente y enternecedora las tuberías, cual nana de esquizofrénico. Las cañerías gotean, sobre un charco que cubre una mancha de una bota en el barro, un pie grande, para una persona despreciable. Volvería sobre mis pasos, pero ya me he mojado mucho la costura del pantalón con el fango, tú me entiendes.

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